
Dicen que el día que murió George, su hijo Dhani lo primero que hizo fue comunicárselo a su guitarra. Y ella dejó de llorar. Llamó por teléfono a la de Jeff y no se lo podía creer, aunque lo esperaba. Le dijo que era lo mejor que le podía haber pasado, que ya estaba sufriendo demasiado. Pero ésta no pudo contener un océano de lágrimas. Enseguida llamó a la de Tom. Lo mismo. “Ya nunca más podrá afinarme nadie”, comentó entre sollozos. Casi sin poder dar una nota, llamó a la de Prince, a la que no conocía demasiado, pero que le había pedido, que cuando George se fuera al infinito, la avisara. Las notas, ahora más lastimeras y desgarradas que nunca, extendieron la triste nueva a través del Universo. Las estrellas apagaron sus luces en señal de duelo. Ese desafinado día, todas las guitarras lloraron, menos la de George. “Tengo que seguir sonando bien afinada, para que él, dondequiera que esté, me siga acariciando.”